Cadáver exquisito

Caleidoscopio de ideas

Editorial

El cadáver exquisito beberá el nuevo vino

 ¡Amables lectores!

“Le cadavre exquis boira du nouveau vin”, que quiere decir: “El cadáver exquisito beberá el nuevo vino”.

Bueno... o casi todo, siempre que tengamos cuidado con los denostados excesos y no conduzcamos. Además, por ahí escuché que la frase había inaugurado la susodicha técnica surrealista del “cadáver exquisito”. En Wikipedia nos hablan de cómo se utiliza: los jugadores escriben una secuencia de relatos tal que cada narrador deberá continuar lo escrito anteriormente por otro. El resultado, un colage de imágenes. Un cuadro pictórico, un “caleidoscopio” seriado.

Ni mucho menos en nuestra humilde publicación hemos tomado al pie de la letra la famosa técnica, pero, por lo menos, nos ha inspirado en su esencia: no busquen un ligazón a los textos, nuestro pegamento existencial es sutil, vago, pero eso sí, es una apuesta o experimento absurdo por vislumbrar los paseos de la existencia.

Tomen asiento, pues, resérvense algunos minutos de su apretada agenda o rastreen ociosamente por nuestras secciones de Poesía, Cocina literaria y Prosa. Escarben las pupilas. Por allá entran los músicos con sus timbales y los actores y corifeos ensayando sus papelitos en esta representación.

El telón se alza.
Editorial
editorial@caleidoscopiodeideas.com

Contraeditorial

Los sueños son mis cadenas

¿Qué mundo es éste, que circo, qué manicomio, qué lugar absurdo para utopías?
Dame un beso mientras, aquí, en la palma de la mano zurda, para conservarlo intacto con el pulso acelerado. Envíame si te acuerdas aquel último recuerdo que retuve fugaz ya de madrugada. Algo tenía sentido al menos en aquellos instantes de ingenuidad y fé desangelada. Algo, de vez en cuando, nos golpeaba con violencia y nos despertaba. Había novedades personales, mundos nuevos, camisas de estreno, domingos de ramos a diario, de aquellos en los que si no estrenabas perdías las manos.
¿Qué mundo es éste, qué circo, qué manicomio, qué absurdo lugar para utopías?
La realidad que observo está llena de mentiras tan bien hilvanadas, tan convincentes, tan bellamente urdidas que enamoran. Venden paraísos de nuestras infancias y regalan tarjetas de puntos para comprar cafeteras o noches de desolación y huida en cadenas hoteleras. No puedo controlarme y creo en ellas aún cuando sé que tienen dentro carne putrefacta. A veces, cierro los ojos. Prefiero en esos momentos tan sólo el perfume elemental de mi yo simple. Pero la realidad se impone.
En la mesa de al lado, mientras, un respetable médico que conozco vagamente de tomar café, se siente irremediablemente atraído por una camarera malhablada. Cosas parecidas han pasado siempre. No es menos cierto que las niñas bien ya no se van de casa con extremistas a los diecisiete. Nadie recuerda demasiado a la banda de Baader, ni a los aschram de Calcuta. En las esquinas las gentes se fuman tratados de psiquiatría y bachilleratos por correspondencia mezclados con chinas que están sobradas para hacer trompetas. En los juicios populares desaparecen las pruebas, ex-alumnos de colegios de curas se van de putas para poder hablar con alguien y hasta el brazo de la santa dicen que es corrupto.
¿Qué mundo es éste, qué circo, qué manicomio, qué lugar para utopías?
Entre los besos de los amantes se extiende el ácido de los días del mañana. Los niños juegan con casas de muñecas bañadas en sangre, bandas de simples vagan por las calles armados con pistolas y con necedades y se nos pide que respetemos el discurso.
¡¡ No me fastidies con tus grandes ideas!! No las quiero; están bien para llenar tardes de tertulia, pero la vida está fuera, entre las bocas de metro y los perros en los parques.
Para colmo solo me dais a cambio desengaño y espejismos. Todo es ya simulacro, todo muerte fingida. Todo es broma.
Pero, ¿qué clase de mundo es éste, qué circo de incongruencias, en qué extraña atracción estamos y a quién demonios divertimos?
Los niños miran monitores de vídeo, cuando las comadronas les palmean las nalgas como se hacía miles de años antes. Es toda la similitud. Si pudiesen enfocar la mirada verían plástico y metal frío y volverían al interior de su madre. No me cabe duda.
Las utopías son césped diamantino que debemos segar al avanzar por la senda de los días. Tumba de cuero endurecido que nos crece entre las piernas, que deviene en lombriz con hambruna y arrastra el desplome, la negrura. A poco que se la deje.
Fernando Díaz Pérez
http://antecedentesygeneralidades.blogspot.com/

Poesía

La soledad del cosmonauta

1

A base de sueños siderales
y mantecas luminiformes
he postergado comidas y delicatesem en el espacio
hoy rozo la yema del creador enseñoreado
y masturbo la sementera de mi traje hermético
hoy soy un guiñol del espacio
y bebo el ámbar del viento solar a solas
hoy repaso el crucigrama de pilotos verdes azules o rojos
dibujando la quimera de mi corazón galvanizado
hoy veo crecer la hierba galáctica por mis entrañas
alunizando entre mares cartografiados por la nostalgia;

A veces reposo estos pequeños paseos a escondidas
(en la soledad más absoluta)
recapitulo lloros insomnes de sonda
parecidos a las ondas hertzianas de viejas estrellas desaparecidas.

2

VIAJE GALÁCTICO DE ANTONIO MACHADO

Caminante no hay camino
sino estelas...

El cosmonauta sueña
su feto flotando por la cosmografía del vientre materno
(a merced del silencio)
la noche parecida al líquido amniótico
y la vía láctea con su cordón umbilical.

Porque fueron voces que recuerdan antiguos paraísos arcanos
y son laberintos resonantes que jamás nos devolvieron
(a merced del silencio)
serán destinos secuestrados de un largo viaje
que fue, en parte, feto castrado
y en todo, naufrago de mar.

3

NANA HUIDA

Temo que termine la noche
que mi profundo sueño quede resuelto.

Hay dragones fronterizos que espetan
fuegos y artificios de sus fauces

Los veo, insomnes o transeúntes,
dispuestos a codiciar la precisa pieza
pero juro remozar este precioso castigo
juro parapetar mi trono de explorador cosmogónico

Si localizan la cápsula me arrojaré al espacio
Si torpemente me aterrizan
inyectaré hiel veneno en su cerebro trepanado.

Félix H. de Rojas
http://eloterodelalechuza.blogspot.com

Al frente la vida

Al frente la vida,
con su cuenco de placeres
y sus huesos sombríos,
¿somos discurso o potencia?

Al frente la vida
ofrece puertas insólitas,
desboca tenues realidades
¿somos línea o vértice?

Qué importa,
si el sol aún nos mira.
La revolución
(no dudes sobre esto,
improvísate pájaro o caricia)
navega sobre las sonrisas.

Al frente la vida,
con su canción de espinas
y sus brazadas de tiempo,
fuente y piedra,
vertiginosa estática,
¿somos libres o espejos?

Paso al frente.
Juan Carlos Arija
http://elurdidordeembustes.blogspot.com

El precipicio

sin entender aun muy bien porqué
me asomé a aquel precipicio
y vi la inmensidad
de lo que no se alcanza a ver
la lejanía de las ideas
la utopía de los sueños
que más que ver se adivinan
se anhelan y se persiguen

aunque mi cuerpo estaba agotado
mi cabeza no descansaba
en aquel trepidante
amontonamiento de ideas
aquella sinrazón de sueños
como si viajase a toda velocidad
por los pasillos del supermercado
de los sueños
intentando desesperadamente
llenar mi carrito
antes de que el cruel reloj
y la voz monótona e indiferente
de los altavoces de aquel sitio
indicasen que había que dejarlo ya
que todo estaba cumplido
que había que pasar por caja
para pagar los anhelos elegidos
en aquel último día
de rebajas de sueños
porque ya nadie más soñaría
hasta el próximo año
porque ya todos se tendrían
que conformar con lo que tienen
porque no se permitiría
imaginar otros mundos
o querer vivir otras vidas
ni buscar otros sentimientos
en las historias de los otros

pero allí estaba yo
asomado a aquel precipicio sin final
a aquel agujero hacia ninguna parte
hacia ninguna parte conocida
que la razón entienda
pero que el corazón quiere probar
porque él no sabe de razón
él está en continua búsqueda
aunque con frecuencia
se agote de buscar sin hallar
sentimientos que emocionen su latir
que conmuevan su emoción
que den ritmo a sus movimientos
quitándoles así esa cadencia aburrida

y mi corazón pudo con mi razón
poco importaba que el mercado de sueños
hubiese cerrado ya sus puertas
poco importaban aquellas estúpidas reglas
aquellos frenos a la imaginación
aquel prohibir el sentimiento
aquel vetar la emoción

y le convenció de que ordenase
a mis piernas dar el mayor de los saltos
hacia adelante
y dejarse caer en aquel precipicio
y dejarse volar
hacia aquel mundo de sueños
hacia aquel sitio donde
no soñar es no vivir
donde no anhelar es no respirar
donde no sentir es no latir
Santi
mailto:santi@alvarezdecaldas.com

Cuando nadie nos mire

Esta noche, cuando nadie nos mire,
voy a parar el tiempo.
Para morder tu corbata,
para contarte los poros,
para romper el tejido
absurdo de tu traje
y encontrarte el ombligo.

Esta noche
beberte la sangre si hace frío.
Coserte la piel con los dientes
para borrar huellas antiguas.
Dormir en tu espalda,
despertar en tu boca,
bailar en tu cintura.
Lidia Luna
http://desdelaluna.blogspot.com

El amor tuyo y mío llena el espacio

El amor tuyo y mío llena el espacio,

lo deja inútil ante los mares,

la tierra y las estrellas.

No hay nada comparable con el sueño de ti,

ningún templo donde pueda ofrecerme en sacrificio

más que el término exacto de tus brazos…

Y olvidará su ser azul el cielo,

volverán los abismos a su fondo

mojando de vacío la nada …

y acabará la vida sobre el mundo,

pero tú y yo

–sólo nosotros-

seguiremos amando.

Esther Mateos
esthermateos@daso.es

Prosa

La musa

No hace mucho, un anciano historiador logró ir despegando, legajo a legajo, los amarillentos y secos pergaminos a los que el tiempo pidió que acomodaran polvo en cada hoja de un libro insólito. Así la síntesis del manuscrito es como sigue:

En la edad de hierro cuando aún el hombre vivía para defenderse de morir joven de manera violenta, llegó a tierra firme una leyenda de los mares donde los vientos del norte se entretienen en glaciares.

En noches no más especiales que otras, en un determinado castillo, y sin que se sepa causa; se veía como en una recóndita habitación y sobre una mesa, un gigantesco libro revolvía el solo las hojas, parándose allí donde estaba el final de lo que había escrito. Entonces una invisible pluma, - parecía cosa de magos -, seguía escribiendo lo que no estaba acabado.

En épocas anteriores al latín, alguien afirmó haber visto la mano que sostenía la invisible pluma, sólida y pálida que dicen que era. Con seguridad – dijo el cronista – se trataba de una delicada mano de mujer.

Poco después, en una recóndita abadía, salieron a la luz, algunos textos que terminaron la historia inacabada. Un poeta empezó un libro dedicado a su idealizada amada. Terminado le mostró su obra orgulloso. Desdeñosa, alejó de sí toda esperanza de los rincones del corazón del autor alegando que le faltaba vida a la obra. Entristecido, agobiado por el vaho de la melancolía, encerrado en su desgracia, el joven artista decidió rehacer la obra, mientras, se alistaba a una guerra contra los pueblos bárbaros que asediaban el reino. El poeta no pudo acabar su obra porque murió en una tienda de campaña absorto en lo que escribía. No quiso defenderse de los golpes y escribió la última letra del manuscrito con su sangre.

Y cuenta la leyenda inscrita en el manuscrito, que los dioses encolerizados, castigaron por la eternidad a la dama para que acabase el libro que no le gustó, cuyas hojas serían eternas y cuyos inicios humanos fueron escritos con una tinta tan especial como la vida del autor.

Gonzalo Villafáñez García
http://elhpc.blogspot.com

El Adamado

Don Rufo Gómez de Pardo y Soler, de los Pardo y Soler de Pincia de toda la vida, tiene la mirada afilada, plagada de alfileres romos, el mentón un algo triste los días festivos que también es mala pata y el pelo, el pobre y poco pelo, ralo y fosco. La boca fina, los labios estrechos curvados por la perenne sonrisa de media sorna y los dientes, perfectos con el color del marfil viejo. El chiste dificultoso, el halago pronto y la carcajada difícil, tenue y no demasiado sonora, pero pegadiza.
Es en su conjunto, o lo fue más bien, individuo resultón que no llegó a guapo, todo lo más a guapote como los desvaídos y algo toscos galanes de las películas de entreguerras. Vaga y provincianamente elegante con su eterna americana de espiguillas y el pantalón lana color caldero, no debería de extrañarnos comprobar que no haya trabajado realmente en toda su vida. Don Rufo siempre ha vivido de las mujeres como una pequeña garrapata hermosa. Y continúa haciéndolo. Pero no del modo que barruntamos, prostibulario y alcahuetil.
De niño, Rufo que era todavía Rufino para su temprana desgracia, se malcrío prontamente con las atenciones intermitentes de su abuela Gaspara, mujer crepuscular que seguramente había nacido ya siendo viuda colonial y que nadie podía imaginar de niña o incluso de mocita. Esta hembra carnosa, de genio vivo y movimiento de ancas descarado era suficiente para llevar por si misma no una sino tres haciendas. En la práctica, hasta el fin de sus días dividió su atención solícita a partes iguales entre la gestión de la intendencia familiar y su nieto varón. Nunca descuidó lo uno por lo otro. Pues para ella eran una misma cosa.
Pero en la particular cohorte existían muchas advocaciones menores. Coros de menor fuste pero no menor sonoridad. Toda una caterva de tías solteras, exclaustradas, medio prioras, mal casadas o peor enviudadas, llenas todas ellas en diferentes medidas de faltriqueras repletas de dineros y de tiquismiquis, atosigaban al niño Rufo en su balbuceante granado. Ya desde el principio todas ellas, le mostraron de manera cristalina una sentencia práctica, condensada y simple, que le resultaría después extremadamente útil: Que la distancia que separa el deseo y el acto es aparentemente breve, pero que acostumbra a permanecer en una bruma de penumbra. Y que finalmente se extiende hacia el ocaso de lo inconcluso, como los días que desaprovechados, finalizan. Comprendió también como el tanguista que había que mentir, al menos una mica, para vivir dignamente y más aún, constató que este principio afectaba sorprendentemente más a las mujeres que a los hombres. Al menos, a todas las que había conocido hasta el momento.

Partiendo de todo ello, como se hace de un dogma, es decir sin cuestionarlo ni un tanto, Rufino, muy tempranamente, incluso con algo de inconsciencia, organizó su vida.
Aún con pantalones cortos, un hecho fortuito, vino a dar el espaldarazo definitivo a su genio. Don Rufo, el padre, fallecía de la noche a la mañana victima de unas tercianas mal curadas. O eso dijeron en aquel momento. Rufino, que pronto pasaría a ser Rufo y que aún le quedaban años para producir el mascaron del don, recordaría después el momento con tres o cuatro pinceladas mentales. Su padre acostado, hundido en el colchón de lana sin varear, corito y con la respiración entrecortada y poderosa, el rostro bañado en sudor, tiritona en el belfo quejumbroso de pavo de natividad. Su madre desvaída y transparente a la cabecera diestra, rígida. Pálida. Poco más.
En un decir amén, se encontró varón en un universo de mujeres. Hijo y nieto único, jamás había tenido problemas de rivalidad en el terreno de las preferencias. Su madre terminó de mimarle como solo puede hacerlo una madre enamorada febrilmente de su hijo.
Rufino con los años, terminó agradeciendo en cierto modo a su padre, la manera blanda de marcharse. Sin un destinatario concreto, cada año le costaba más ponerle rostro sin los viejos retratos, le había dado un cierto aire triste y desamparado que le quedaba bien como a quien le sienta bien una boina ladeada y lo explotaba con descaro. Don Rufo, el padre, siempre preocupado de los negocios, los almacenes, las tiendas y entretenido en el casino con interminables partidas de bacarrá, no llegó jamás a ser para el crió figura imprescindible. Después y sin ser capaz de concretar que era lo que había mejorado, constató que sus francachelas adolescentes y sus crecientes calaveradas eran toleradas de un modo más liviano del que sería de esperar. Y el cambió le agradaba.
Rufino vivió pues, despreocupadamente, regalada, blandamente. Víctima y sanguijuela al tiempo de su pequeño y familiar batallón de mujeres educadas en un sutil y cadencioso plegamiento a lo viril. Él representaba la confirmación corpórea de la bondad de la estirpe, capaz de generar una, al menos una, esquirla de genitales colgantes. El macho del clan sesteaba a placer bajo su particular acacia de encajes.
Veía pasar la vida con una languidez más propio de lo soñado que de lo vivido. Con la despreocupación del espectador. Experimentaba los días en el tono sepia de las fotografías viradas, con aquella sensualidad con que los ilustrados prerrevolucionarios asimilaban a las mujeres y a los niños, exenta de erotismo, virginal y afectada.
Rufino, que ya era Rufo, no sintió las asperezas de la vida. De las vidas vulgares de todos aquellos que le rodeaban y sobre los que flotaba a un palmo o tanto así. Las recomendaciones, los favores, unos billetes a tiempo que su particular parapeto de gelatina femenina le tenía siempre a punto, evitaban tanto las calamidades cotidianas como las que aspiraban a ser más. Rufo fue así el único absentista de las míticas clases de gimnasia del padre Damián, de las que dicho sea de paso, no se libraba ni Dios Padre de haber tenido que cursar. Rufo fue también, valga otro ejemplo, excluido de la milicia que partía para el África y de la que formaron parte buena porción de la muchachada de su quinta. En esa ocasión las malas lenguas de Pincia hablaron de que su tía Reme y la mujer del coronel de artillería de la plaza compartían confesor en la iglesia de San Benito y que se había movido ficha para que otro, más anónimo y vulgar, fuese en su lugar. Un suma y sigue en esa línea. Imaginen ustedes.
Jamás se planteó siquiera en la familia la posibilidad de que Rufo trabajase, al menos lo que se entendía en aquellos días a moler el espinazo con mancilla de la honra e impropio esfuerzo manual. Una cosa era tener una ocupación, un entretener digna y solazadamente los días, sin dar que hablar, y otra muy diferente los horarios y las obligaciones de sol a sol. Bien lo dijo la abuela en sus últimos momentos: Mientras hubiera rentas, y las había, no movería un dedo más que para agitar la cucharilla de moca.
Lo más parecido al trabajo era tal vez el paseo quincenal al abogado para firmar cuatro papeles, costumbre que a pesar de ello le hastiaba por la obligación de tratar con desconocidos en el vestíbulo y que terminó convirtiéndose en lo contrario. Un pasante del bufete comenzó a pasarse, como la propia naturaleza de su nombre indica, por la casa de don Rufo, que lo era ya de sobra, dos veces en mes. Y esto, porque hacía elegante más que por necesidad. Don Joaquín, el abogado, era como de la casa. Y ciertamente era hijo en segundas nupcias de un familiar lejano que ya nadie recordaba. Pensar que a sus setenta y tantos largos podía hacer una mala jugada era pecar mucho de desconfiado. Y el hombre no se lo merecía, la verdad, que la plata creció durante años que era un gozo de ver los enormes libros azules de contabilidad con aquella caligrafía perfecta.
Los años pasaban así como un permanente otoño un aguafuerte que amarillease próximo a un ventanal. El podenco color de la canela trasmutado en alfombra de pelo, los libros en tafetán verde sobre la mesa del inútil despacho, los anaqueles de fieltro con fotografías con gualdrapas en cuero, el mes de febrero y sus comidas que se iniciaba con la sopa juliana por lo de entonar, los paseos algún domingo de primavera hasta las lindes del río, los veranos en Comillas o en Santillana, las escapadas a la capital a ver esas comedias tan atrevidas después de Pascua, las excursiones con las tías en el viejo Hispano-Suiza, las meriendas con chocolate, pastas y bombones de la Trapa despellejando a cualquier desgraciado en el desliz de dar que hablar y que terminaban en aquellos ¡Ay Jesús! con suspiro. Todo ello sin amores ni odios conocidos, de importancia al menos. Sin excesivos vicios, sin desplantes.

Y al fin, sin aparente desgaste, la primera cana, la primera arruga, el primer achaque.


Veo a don Rufo, a lo lejos, saludarme con el amable gesto de sombrero tan familiar en él. Camina seguramente hacia la tertulia del Nacional. Avanza envarado, encorsetado y algo fondón, en la impoluta camisa de cuello duro que jamás almidonará. Arrellanado cómodamente en su nana inconclusa.


Valladolid 1993, Madrid 2005

Fernando Díaz Pérez
http://antecedentesygeneralidades.blogspot.com/

Un texto al azar de Héroe Local

Tomado de un texto largo, novela publicada hace varios años, titulada Héroe Local. Sobre viajes, encuentros y desencuentros.
“ … y hay amores que duran algo menos que un beso
y besos que han durado algo más que una vida.”
Luis Rosales
De Valladolid a Zaragoza por Tarazona o Soria qué más da. Atardecer inmenso, rojo, abismal. Veo picachos nevados de Febrero, es el Moncayo. Giro la cabeza. Peñas afiladas ( adiós Castilla ). Cinco horas de viaje, sueño por momentos a corazones de diamantes, canciones atrasadas de los Beatles, lluvia de acero en el horizonte abierto, deslumbrante. Pienso cómo vivir más despacio, a modo de grabadora que reproduzca el viaje: pensamiento iterativo.

Quejigos, robles, encinas o pinos, silencio y oscuridad, carreteras secundarias, parada de hostales y rostros anónimos, desconocidos uno a otro, yo solo contigo en la distancia, es la espera, backcount; seis menos diez de la tarde, café con tostadas leyendo periódicos atrasados, megafonía inservible, voces de urgencia.

Duermo: Vacío lustroso. Lamento no llevar encima algún otro pedazo de papel, dentro de mi cabeza el insomnio es patente, me fuerzo a memorizar ciertas expresiones asombrosas. - Sueño su boca, adoro su boca, su boca negra, anoto su boca. -

Despierto: Aún queda una hora. Cae la noche. Faros en la distancia. Murmullos apagados. Abstraído miro la columna de estrellas, ( en número impar o par ) quién sabe los pensamientos se disparan, luna ingente, satelizada, respiro hondo. Cosmos. Principio. Único. Inmóvil y perpetuo a mí en ti, qué te parece. Es mágica la noche como ves, ocho en punto, abandonamos la autopista de Zaragoza, doblamos una, dos, tres esquinas. Por fin la estación. Portón de equipajes o salutaciones. No veo tu rostro, ( ah sí ) e inmediatamente nacida del encanto, has materializado mis deseos. Abrazo tu cuerpo, la bolsa de viaje me impide rodearte por entero, la dichosa bolsa, me sonríes embobada y no sé que decirte, no importa ahora, parece mentira sentirnos juntos, boca y boca, nos perdemos. ( Zoom continuo de cámara en mi relato ).
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Héroe Local. Sabes. Soy héroe local. H.L.

Compruebo tu desnudez desnuda, me arrojo de tus brazos al cemento, pasearnos, las manos entrelazadas. Tomando chocolate suizo, sentados a la mesa de un garito, un camarero con sonrisa. Tus ojos brillantes, inmóviles. Sueño que me miras indefinidamente, nada más que algunas pocas palabras de misterio indescriptible. Romántico, romántico. No puedo rescatar las conversaciones de mi memoria, estás allí cerca, ahora que te describo no sabría localizarte, eres imprecisa.
Zaragoza de noche a solas que más da si tú o yo ... Paseo de la Independencia, llamas por teléfono a tus padres en casa. Guiños. Luces de neón. Puerta del Carmen, bamboleada por los franceses, memorizando el camino de vuelta.

Si puedes leer esto, comprenderás cómo pasaron aquellos días casi a ciegas, visitar el Pilar apestando a besos y silencios.

Cuando nos dormimos soñé que te marchabas. Lo soñé miles de veces. Te levantabas y no te despedías. O te despertaba para no llegar tarde a. O no te despertabas. O no sonaba el despertador. La misma hora. Me impedías acompañarme. Círculos de piedra. Irremediable amanecer, arrojar cubos al sol, velar con escopeta de caza. Horas de cronómetro. Inútil retenerte.

Pero en eso yo ya sabía que debías marchar. Fue divertido imagínate como. Te despediste con un beso ( en realidad eso pude haberlo soñado ) y quedé absurdamente solo y desnudo en la cama amaneciendo. Literariamente hablando estamos ante la escena-matter del serial, el héroe local aparentemente abandonado o embebido en cábalas, Homero travestido o un sucio relato sin epígrafes. La realidad es más simple : una putada. O sea que fui a Zaragoza y tuviste que marcharte, pero aunque el destino pudo o no resultó, que decir que si te acuerdas de todo aquello, pasó lo que fue, juntos y felizmente enamorados por la noche entera y suficiente, amén.
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Imagino: Me sonríes y veo tus ojos marrones, chiquitos, volviste de Barcelona.

- Día y medio con su noche paseando los escaparates, asistiendo a congresos inútiles, voces contra el asfalto, qué harías mientras yo fumaba o tomaba el décimo café del día esperándote con voz de fondo. Pausa y media. Copas y camaraderías. Circulación, y autobuses urbanos. Ebro. Comedores universitarios y conversaciones sobre comunicaciones avanzadas, simposiums y profesores reunidos. Héroe Local abandonado o volcán silencioso, veo y piso las calles que tu pisas habitualmente, me figuro en tu casa, ahora la mía, la ropa que cuelga de tu armario, los zapatos que usas, prendas vacías sin ti. Abro algún libro tuyo y tu letra con anotaciones y palabras muertas. Sabes lo extraño que resulta todo esto. En el ambiente hay un insoportable silencio y no sé hasta que punto asociarlo a tu ausencia.

Me sonríes volviendo tus ojos marrones: qué tal por Barcelona este par de días, soñaste conmigo, brazos torcidos, me arrastras a ti, de vuelta en casa te desnudas y tu boca tiembla a saludos de almohada. Cuéntame un cuento, anda, donde has escondido la memoria, cuerpo de alabastro, arráncame del vertedero de los desaparecidos: te quiero decir esto cuando vengas. Hasta ese momento, duermo la noche en tu cama, no sé exactamente qué haces, si vas o vienes de alguna empresa, hasta si piensas por momentos con intriga. Hay voces a través de la pared, algún borracho escupe canciones de Aute, enciendo la radio y lleno tu no-presencia, el locutor alimenta la noche y recibe llamadas telefónicas, imagino oír tu voz pasmosamente cerca en la emisora, imagino si me hablas, ruidosamente tu boca atravesó el micrófono del hotel, pareces cansada, y me dedicas al oído alguna frase directa al laberinto mortecino del héroe local.
Félix H. de Rojas
http://eloterodelalechuza.blogspot.com

El buscador

Hacía tiempo que Toni había dejado aquella ciudad tan ruidosa donde aprendió lo perverso que puede ser el tiempo, y no me refiero a la meteorología, hablo del reloj, de los minutos, de la obsesión por ganarle tiempo al tiempo, por vivir desbocados sin saber hacia donde. En su aventura había aprendido como, a pesar de las urgencias y de aquellas infernales máquinas que lo controlaban todo y no dejaban pensar a la gente, siempre había una esperanza. Os recuerdo que allí la esperanza era los subterráneos que se escapaban del control de la mente y, por tanto eran el único sitio donde se podía pensar tranquilo en aquella terrible ciudad.

Toni había abandonado la ruidosa ciudad y después de un largo viaje llegó a un extenso valle en las montañas. Había altas montañas alrededor de aquel valle como si hubiesen decidido cortar el paso para que no entrase allí ninguna maldición. Varios ríos bajaban desde las montañas, como si estas no se cansasen de llorar. Aún nadie ha descubierto porqué las montañas lloran, pero los más ancianos de las aldeas que se encuentran perdidas en lo alto de las cordilleras aseguran que las montañas siempre lloran de emoción, que ellas están tan alejadas de lo malo que no conocen la pena, aunque sí que es cierto que las montañas más jóvenes sólo lloran en invierno porque es un tiempo más propicio para la melancolía principalmente porque el sol no les hace tanta compañía y por eso se sienten solas.

Toni observó aquel precioso valle y vio como aquellos ríos se iban juntando, unos eran más caudalosos y otros menos, unos llevaban un agua más cristalina y otros parecían que estaban cabreados por algún motivo y por ello no dejaban de agitar su agua y mezclarla con el barro y el lodo.

Aquel era el sitio ideal para respirar hondo, para coger aire puro y para sentarse a descansar. Era tan impresionante que cualquiera diría que allí aún había dragones y castillos, hadas y brujas malvadas, princesas durmientes bajo el eterno hechizo y príncipes azules, pero qué tontería, todo el mundo sabe que esas cosas sólo existen en la imaginación de los que no están demasiado cuerdos.

Pues bien, no es ninguna tontería que todos esos seres fantásticos existen, y es más, están por todos los lados y uno se los puede encontrar en el lugar más inesperado. Pero no todo el mundo se los encuentra porque hay que ser un niño para poder verlos. Aunque lo cierto es que muchos adultos deciden seguir siendo niños toda la vida y no paran de buscar hadas que les traigan la dicha, porque como la alegría que te puede traer un hada no existe nada en este mundo.

Estaba tan absorto Toni en estos pensamientos intentando divisar a algún dragón volando entre los picos de las montañas y lanzando bocanadas de fuego, o a alguna bruja volando sobre su escoba en busca de hierbas para preparar alguno sus mágicos elixires, que no se percató de que un anciano se dirigía hacia él por el camino que subía del valle.

- ¡Hola niño! - le dijo en tono jovial el anciano

De un sobresalto Toni volvió a este mundo porque cuando uno está pensando e imaginándose cosas maravillosas, aunque físicamente esté en este mundo, realmente no lo está, porque la imaginación nos puede llevar a vivir otros mundos, a vivir otras vidas o a vivir otras historias.

- Estaba pensando en tonterías, hadas y esas cosas - Toni realmente no quería decir eso, pero se le escapó como traicionado por su subconsciente, como si aquel mundo que acababa de visitar le estuviese gastando una mala jugada.

- ¿Por qué piensas que son tonterías?

- Pues no se, todo el mundo sabe que las hadas no existen y la verdad es que yo nunca he visto ninguna. Mi mamá me contaba cuentos de hadas cuando era más pequeño pero nunca ví ninguna.

- No pienses que son tonterías y mucho menos que esos seres tan maravillosos no existen. Si no fuese por ellos, que de vez en cuando ponen unos granos de fantasía en el mundo, esto sería un verdadero desastre, y posiblemente ni siquiera existiría el mundo. El hombre ya se habría encargado de destruirlo. Sabes, muchos gobernantes tienen hadas que se ocupan de ellos, pero desafortunadamente no existen tantas hadas como para que a cada gobernante le toque una. Y claro, las pobres se afanan en hacer su trabajo pero no dan abasto, incluso para ellas que viajan velozmente a través de los mundos de la fantasía es difícil ir de país en país y adaptarse a las diferentes lenguas, a los diferentes culturas y a las diferentes religiones.

Te contaré una historia que me sucedió hace muchos muchos años, continuó el anciano. Yo nací en aquel pueblo que ves allí, el de la derecha. Todo el mundo piensa que el puñado de casas que ves es el mismo pueblo, pero no es así, son tres pueblos que están prácticamente unidos. A los pocos años, no creo que tuviese aún los siete, mi madre desapareció y fui criado por mis abuelos, porque mi padre ni siquiera había aparecido nunca. Jamás conocí a mi padre, siempre me dijeron que fue uno de esos hombres que llevan las guerras de un sitio para otro, uno de esos que no sabe qué hacer cuando no hay guerra y entonces necesitan inventarse una. Porque la mayor parte de las guerras que hay son inventadas, pero eso es otra historia. Pues resulta que me criaron mis abuelos como pudieron, me dieron todo lo poco que tenían pero no eran años de mucha abundancia y eran gente muy humilde. Hasta que aquello pasó, cuando ya había cumplido los 18, me pase la vida buscando. Buscaba por todos los lados a mi madre porque no entendía porqué me había dejado. Cuando me hice mayor buscaba sin cesar la felicidad que no había tenido. Buscaba en las chicas con las que salía, pero ninguna parecía esconder aquella felicidad que tanto ansiaba y que no sabía que forma tenía porque hacía tanto tiempo que no me visitaba que me había olvidado de cómo era. Y seguí buscando, buscando sin parar. Durante muchos muchos años viajé a otros mundos en busca de aquello, busqué en los excesos, busqué en el alcohol, busqué lejos, siempre lejos, muy lejos, siempre lejos, lo más alejado a lo que era capaz de llegar. Un día me miré al espejo y vi a un tipo mucho más infeliz que yo. Aquel tipo al que ya ni siquiera conocía era yo mismo. Entonces decidí dejarlo, pensé que aquello no merecía la pena, quise pensar que la felicidad existía en el mundo y me convencí de que mi madre no había existido nunca. Volví al pueblo donde me esperaban mis abuelos. Me recibieron como si nada hubiese pasado, como si yo nunca les hubiese abandonado y como si no hubiesen pasado varios años sin saber nada de mi. Aprendí entonces que aquellos que te quieren de verdad siempre te acogen con los brazos abiertos. En todo ese tiempo no habían dejado de echarme de menos y de rezar por mi. Porque mis abuelos eran de esas personas que dicen que hablan al más allá. Yo qué se.

Empecé a trabajar en la carpintería del pueblo con Pepe, el ebanista del valle y, modestia a parte, se me daba bastante bien. Disfrutaba de cada mueble que hacía, cuando hacía una cuna me sentía feliz cada vez que veía a aquel niño paseando a su madre, porque sí, aunque pienses que son las madres las que pasean a los niños, normalmente es al revés y son éstos los que sacan a sus mamás para que se aireen y aprendan cosas del mundo. Porque una de las cosas más importantes de la vida es aprender; y un niño, por muy pequeño que sea siempre tiene infinidad de cosas que enseñar.

Pasó el tiempo y me olvidé de aquellos años en que buscaba sin parar. Fue entonces cuando una mañana de primavera sucedió algo que nunca jamás olvidaré. Era muy temprano pero yo me acaba de levantar porque tenía que ir a trabajar. Mis abuelos aún dormían. Me vestí, me eché un poco de agua en la cara y bajé las escaleras corriendo para, como todos los días, prepararme a toda prisa mi desayuno y salir pitando a la carpintería. Cuando llegué a la cocina vi que en la mesa había un par de tostadas calientes, que mi taza de desayuno tenía café recién hecho y que hasta mi servilleta estaba colocada para mi. Alcé la vista y mi alma se encogió, mi corazón se desbocó y mis ojos lloraron de emoción como no lo habían hecho nunca. Mi madre estaba allí, preparándome el desayuno exactamente como había hecho cuando yo era un niño. Mi madre también lloraba y no dejaba de mirarme como si quisiese recuperar en aquel instante todas las miradas perdidas. Corrí hacia ella y la abracé como cuando era un chiquillo, de rodillas y abrazado a su cintura. Pasaron un par de minutos que me parecieron un suspiro y nosotros no nos dijimos nada, sólo nos mirábamos. Nos mirábamos a los ojos como aquel que quiere encontrar el alma a través de la mirada. Fue entonces cuando la vi. Un impresionante resplandor llamó nuestra atención hacia la puerta de la casa y allí estaba ella. Era un hada muy bonita, como son todas las hadas. Muy delgada, con la melena rubia que casi le llegaba por la cintura y con una carita de esas que no están hechas más que para sonreír, de esas que no deben llorar nunca sino es de emoción. Era el rostro más angelical que jamás he visto, una sonrisa sólo comparable a aquella que suelen tener las personas que de verdad te quieren. A los pocos instantes, sin decir nada y sonriendo con la sonrisa de la satisfacción que da la felicidad de los demás, empezó a desaparecer. Mi madre y yo habíamos dejado de llorar y asistíamos boquiabiertos y perplejos al espectáculo más maravilloso del mundo. Alrededor de sus pies se creó una nube y poco a poco se fue hundiendo en el suelo, como si un agujero se hubiese abierto allí en la puerta de nuestra casa. Pasados unos minutos sólo quedaba un charquito de agua, que son los agujeros que abren las hadas para pasar de este mundo al suyo, porque el agua, con el aire son los elementos más puros de este mundo, igual que las hadas son los seres más puros de cualquier mundo que te puedas imaginar.

Jamás le pregunté a mi madre dónde había estado todos esos años porque sabía que ella también había estado buscando, buscando algo demasiado lejos para darse cuenta de que lo que buscaba lo llevaba dentro de ella desde el primer momento, y porque también sabía que hay preguntas que se responden con una sonrisa, con una mirada, con una caricia o con un abrazo.

Desde aquel día nunca más dudo Toni sobre la existencia de las hadas y años más tarde él mismo vería alguna.
Santi
mailto:santi@alvarezdecaldas.com

Reality show: "La braga en la Boda 2"

Nada más aparecer en el salón dispuesto para la celebración del convite nupcial con Laura bajo el brazo, me percaté de las señas que nos hacía Isabel para que acudiésemos donde estaba ella. Inmensamente halagado por semejante muestra de consideración, fui directamente a su encuentro. Isabel había reservado dos sillas en la mesa rectangular que, según el croquis expuesto en la entrada, correspondía al grupo de compañeros universitarios. Dos. Una para ella y otra para su amiga. Para mi no. Con profundo desencanto obligado me vi a sentarme separado de las féminas, pues los sitios colindantes estaban ya ocupados. Me situé en el borde opuesto del tablero, cinco o seis puestos más alla de Laura.

¡Hombre Rubén!... Qué tal... Qué es de tu vida... Exclamé al descubrir a Rubén al lado... Ahí estaba Rubén, y con él iba a compartir la ceremonia gastronómica que empezaba. Rubén "El masca"... Qué momentos inolvidables pasados con Rubén... ¿Seguiría siendo el mismo Rubén de siempre?... No sé. La vida asienta. A todos nos ha pasado. Para dar fundamento a mis sospechas de atemperamiento en el carácter de "El masca", ahí estaba Teresa junto a él. Madre Teresa, le decíamos. Cómo nos cuidaba a todos las borracheras. Lo que ocurría con Teresa es que nunca le gustó la fiesta. Para mi que había alcanzado el clímax del disfrute lúdico con los juegos de muñecas. Es por ello que cuando nos veía a alguno de nosotros como un queco desvalido gracias a la acción combinada del alcohol y los porros se apresuraba a atendernos... Qué coño... En algún servicio inmundo de algún garito terminal he estado yo cara al váter vomitando toda la mierda que había tomado con el impagable consuelo de la mano de Teresa sobre la frente... Es por ello también, imagino, que ahora se apresuraba a anunciar su aún imperceptible barriga dosymediomesina, haciendo realidad su viejo mote... En fin... Quién lo diría, Rubén y Teresa. Si es que la vida es así...

El apodo de Rubén, "El masca", es un apócope de la expresión "El más cabrón". Rubén es cabrón según todas las posibles acepciones de la palabra. ¿Cabrón tradicional? Pues mira, sí... Quién le mandaría a Teresa cuidar tanto borracho juvenil en tan alterado estado hormonal de conciencia... ¿Cabrón con significado opuesto al tradicional? Que en ocasiones así se usa. Pues mira, también... Quién le mandaría a Teresa dejar a Rubén sólo para ir a cuidar tanto borracho... ¿Cabrón de facedor de bromas pesadas al personal, que más que bromas son putadas? Indiscutiblemente sí. ¿Cabrón de los de yo-mi-me-conmigo, y a ti qué te zurzan bien zurcido? Por supuesto. Vamos, un cabrón sin restricciones... Y muy divertido... Para la mayoría, menos para el que se cruza en su camino, claro...

En verdad os digo que yo con los aperitivos y los canapés de la recepción estaba prácticamente ahíto, y que con algo de chocolate, el café y un licor, estaría saciado. Pero estábamos en un bodorrio, y una de las características de estos eventos es la ostentación en la cantidad de alimento que se ofrece a los convidados. Sí, también estaba pagando el claro exceso cometido previamente con la cerveza y los cacahuetes, pero es que amo ese maridaje (aunque vicio tan vulgar reste glamour a mi persona, ahí queda dicho...). La comida fue ramplona. Como siempre en las bodas, o al menos así suele ser en las que yo asisto. Desengañémonos, es imposible cocinar bien para tantos.

Menos mal que los vinos eran de la tierra. En mi tierra hay buen vino. Y pan, también hay buen pan. Pan y vino, el cuerpo y la sangre de Castilla. De los blancos de Rueda a los tintos de la Ribera, degusté todos con generosidad, ayudándome eso, tanto a dilatar la andorga más de lo razonable como a soltarme la lengua con Rubén. Qué poderío el del vino. Allí estábamos Rubén y yo retrotraídos años ha, con sólo remojar en él los recuerdos comunes. Durante la conversación, de vez en cuando echaba una mirada lasciva al balanceo del bolsito de Isabel colgado en el respaldo de la silla, sagrario pagano de falso Loui Vuitton que contenía la hostia de encaje de la diosa.

Supongo que hice mal, pero no pude soportar ser por más tiempo único custodio del secreto. Algo tendría que ver en mi falta de discreción las cervezas del principio y los vinos del después. Bien es cierto que Laura en ningún momento me hizo firmar un pacto de silencio. Quién sustraerse puede a no divulgar una noticia así... Y a mi amigo Rubén... "El masca"... Con el que estaba compartiendo cántaros de uva fermentada... Vaya, que pasé unilateralmente de la fase de exaltación de la amistad a la de cantos regionales, cantándole a Rubén el conocimiento que tenía a cerca de la significativa carencia en la indumentaria de una de las hembras de la región.

Como ascuas incandescentes brillaban los ojos de Rubén al saber que Isabel iba por ahí sin la braga y el lugar donde ésta se atesoraba....: "El masca" había vuelto.

Precede: Reality show: "La braga en la Boda" en número anterior. 

Caque
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Ilusión

Alberto salió a la terraza para darle a Laura un sobre con las fotos del verano. Laura las fue mirando despacio, con cuidado para no dejar la marca de los dedos.

- No hay ninguna en la que salgamos los dos.- Le dijo.- Cualquiera pensaría que no hemos estado juntos de vacaciones.

Alberto se arrancó un trozo de piel cuarteada por el sol. Revisó las fotos y entró de nuevo en casa.

Laura se quitó la camiseta y cerró los ojos. Quería aprovechar los últimos rayos de sol del verano. Había regresado de su viaje por Europa con la piel tan blanca como el plástico de la mesa.
Lidia Luna
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Cocina literaria

Juego de los errores

El escritor ha cometido, entre otros, el vicio gramatical de utilizar laísmo (emplear las formas "la" y "las" del pronombre "ella" para el dativo) en alguna de las frases del siguiente texto. Identifíquelos para solucionar el pasatiempo.

Marta llevaba tiempo dormitando por la sed, tenía la boca seca. Semiconsciente, sentía un roce suave y cálido en la piel que la endurecía los pezones, preguntándose por la placentera sensación, lentamente se supuso desnuda entre sábanas, extrañándose entonces de que no se hubiera puesto anoche el pijama. El sonido de las rítmicas respiraciones de Carlos al lado le trajeron los primeros recuerdos del día anterior: el encuentro del metro, el café de la tarde, la puesta al día de sus vidas, la llamada a casa diciendo que por un compromiso hasta el sábado no volvía, el vino de la cena, la charla nostálgica, las copas por la noche, el baile, el tacto, el beso, el coche, el apartamento, el culo de Carlos cabeceando entre sus muslos... "¡Dios!" Pensó abriendo de golpe los ojos. Ya situada suspiró, ahora estaba tomando anticonceptivos para regular el periodo, instintivamente, como quien hizo algo malo, decidió huir de allí. Se incorporó despacio y retiró con delicadeza la ropa de cama que la cubría, al ponerse en pie sintió un leve vahído y pinchazos en la cabeza y en el vientre, localizó el cuarto de baño fácilmente, estaba dentro del dormitorio y tenía la puerta abierta, entró, cerró la puerta sigilosamente, a palpas pulsó el interruptor de la luz, echó el cerrojo, se encorvó sobre el lavabo, abrió la llave del agua fría y bebió con ansia, el frescor colmó sus sentidos, llena, sintió más lacerantes el apremio de los pinchazos en el vientre, levantó la tapa del inodoro y se sentó en la taza a mear largamente, pasada la arrebatadora primera sensación de alivio se percató del ruido que estaba haciendo, por lo que graduó el caudal del chorro de orina, al objeto de minimizar el volumen sonoro que producía la cascada dorada al romper contra el remanso del fondo del retrete, vacía la vejiga, se limpió y tiró de la cadena, deseando que el bullicio no saliera de esas cuatro paredes, esperó a que se rellenara la cisterna para abrir la puerta cuando el aparato sanitario no emitiese ruido, callada la fontanería, apagó la luz y salió sin cerrar, miró hacia el lecho para comprobar que él seguía en sueños a pesar de sus escándalos matinales, Carlos dormía. Se concentró en localizar su vestimenta con la mirada, estaba tirada por el suelo, la fue recogiendo de puntillas, juntándola en el claro del cuarto que lindaba con la puerta de salida, así, de pie frente al durmiente, comenzó a vestirse sigilosamente, se puso las bragas haciendo equilibrios, luego el sujetador y la blusa, con las medias de la mano observó el sueño de Carlos, parecía un niño, apacible, tranquilo, mientras ella se tapaba para marcharse sola contra la mañana, sintió frío, pensó lo terrible que sería ponerse ahora los pantys, los dejó caer, se volvió a quitar el sostén pero por pudor mantuvo lo demás puesto, y de esa guisa se introdujo en el lecho de nuevo, destemplada con la escapada se juntó más a Carlos para recibir su calor, con cuidado de no despertarle se ensortijó a su brazo inerte, cerró los ojos, oliendo su cuerpo y escuchando la circulación de su aliento, así arropada, esperó a que despabilara.

... de MyA

Caque
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Spanglish II

"¿El humor? No sé lo que es. En realidad, cualquier cosa graciosa, por ejemplo una tragedia. Da igual" Buster Keaton Lunes, lluvioso, en plena incertidumbre climática primaveral, y aguantando malamente el empacho de elecciones vascas y fumatas varias, se imponía un spanglish para aguantar el tirón. Las palabras de una u otra forma surgieron este fin de semana con la compañía de un gran amigo.
Juan Carlos Arija
http://elurdidordeembustes.blogspot.com

Juegos

Y cuando ella quiso dejar de jugar con las palabras, era ya tarde para el millar de golpes estampados contra las teclas sordas de un piano.

Llevaba dos días perdido entre códigos de colores, pasando del marfil al ébano y del cobalto al cielo.

Sus penas le zumbaban en el oído cada madrugada de cuatro a siete.

Era un charco dibujado sobre las notas de un concierto para chelo en do mayor.

Ella y su paraguas pintaron un columpio azul, y desde entonces juegan todos los niños del mundo.

No llores a menos que a las tres de la tarde de un quince de agosto escuches un silencio atravesar sin miedo la ventana entreabierta.
Lidia Luna
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© Caleidoscopio de ideas, 2005

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